CARLOS MAGNO

Este artículo continúa, en orden histórico, a lo publicado en Las invasiones de los bárbaros en Italia del Norte



Con la derrota de los Longobardos por parte de los Francos y con la muerte del Rey Desiderio, comenzó la era de Carlos Magno, primero en Italia y luego, en forma paulatina, en toda Europa hasta formar un extenso Imperio.
Cuando Carlos I, Rey de los Francos, se ciñó la famosa corona de hierro de Teodolinda y Agilufo proclamándose Rey de los Longobardos, logró asumir también el título de Patricio de los Romanos (año 774). Fue célebre, en aquel entonces, la frase latina "Carolus Gratia Dei Rex Francorum et Longobardum ac Patritius Romanorum", con la cual se definió oficialmente la supremacía de Carlos I, a los 32 años, sobre el pueblo romano.
¿Por qué sucedió esto? Tal vez es posible presumir que el gran ejército Franco, presente en Italia a partir de la victoria alcanzada, impuso su dominio sobre los romanos con el consentimiento del Papa Adriano I, ya que fue él que solicitó su llegada.
Sin embargo, el motivo principal no fue el miedo, sino la gran personalidad del Carlos I, que tuvo el mérito de atraer la atención y el temeroso respeto de todos, incluyendo el de la iglesia, con la cual los Francos mantenían una alianza desde mucho tiempo.

En efecto, cabe recordar que la amistad de los Francos con la Iglesia se inició mucho antes, ya con Pipino "el Breve" (que también derrotó a los Longobardos a pedido del entonces Papa Esteban II en el año 752). O sea, la alianza entre los Francos y el Papado fue continua desde entonces y duró todo ese periodo, en el cual hubo tres papas de breve reinado: Esteban III (fall.757), Pablo I (fall.767) y Esteban IV (fall.771). Esta alianza permitió al Papado protegerse de muchos enemigos.

Luego, cuando falleció el Papa Adriano I (en el año 795) la alianza continuó entre Carlos I y el Vaticano, pero aún más estrechamente con el nuevo Papa León III (fall.816). Fue justamente en este periodo de 21 años cuando el Rey Franco comenzó a construir su gran imperio, ciclo que luego siguió hasta su muerte. La Iglesia lo apoyó en todas sus conquistas con un acuerdo mutuo, invistiéndolo con la misión divina de cristianizar a los pueblos vencidos. O sea, la existencia de ese apoyo permitió los grandes triunfos políticos y militares de Carlos I, con grandes beneficios para él mismo y también para la Iglesia. En efecto, se debe reconocer que el aporte religioso del Vaticano proporcionó al Rey Franco una positiva ventaja, una motivación simbólica y también estratégica para favorecer todas sus conquistas.

A este punto, cabe examinar cómo surgió este gran personaje, capaz de aliarse íntimamente con el Papado, futuro creador del "Sacro Romano Imperio" del cual fue Emperador, vencedor de grandes batallas, cuyas extraordinarias empresas originaron infinitas leyendas que se recuerdan aún hoy. Surge entonces la pregunta: ¿Quién era Carlos I, Rey de los Francos?

Carlos I nació el 2 de abril del año 742, un año después de la muerte de su abuelo, el famoso Carlos Martel. Fue hijo natural de Pipino, apodado “el Breve”, pero fue reconocido y legitimado por éste con los mismos derechos que Carloman, su hermanastro, cuando Pipino se volvió a casar (su esposa Berta fue después consejera de Carlos Magno durante un tiempo). Carlos, aún muy joven, se casó con una mujer llamada Himiltruda, de la cual tuvo un hijo al cual puso el nombre de Pipino, Ese chico nació jorobado, pero Carlos lo retuvo a su lado cuando repudió a esa primera esposa. Luego, escuchando los consejos de Berta, se casó con la hija de Desiderio, Rey de los Longobardos (llamada luego Ermengarda, al estilo Franco - su nombre natural era Desideria -). También su hermanastro Carloman se caso con la otra hija de Desiderio, llamada Gerberga, de la cual tuvo dos hijos.
Ambos matrimonios se celebraron por motivos político, y las nuevas esposas llevaron a la corte de los Francos algo de una civilización más refinada, heredada de sus ancestros, como también el conocimiento del idioma latín.

Al fallecer Pipino, el reino de los Francos se dividió entre los dos hermanastros hasta la muerte por enfermedad de Carloman, en el año 771 (En la historia, siempre quedaron dudas sobre las muertes de tantos jóvenes herederos en situaciones complejas). En este caso, Carlos se apropió del poder negando todo derecho a los hijos del hermanastro. Como sabemos, echó de su reino a las hijas del Rey longobardo Desiderio: a su propia esposa (Ermengarda) y a la viuda de su hermanastro Carloman (Gerberga) junto a sus dos hijos. Ellas y los chicos volvieron a su tierra (en la capital Pavia). Carlos I se casó nuevamente con una mujer del pueblo franco llamada Hildegarda, con la cual tuvo nueve hijos (también tuvo muchos otros naturales).

Quedando como único líder al frente de su Reino, Carlos I comenzó su etapa de conquistas territoriales, atacando a los Sajones, que representaban una amenaza potencial en sus fronteras, consiguiendo una primera victoria, sin que la misma fuera definitiva. De hecho, después de la conquista italiana, retomó la guerra que duró muchos años, aunque se desarrolló en distintas etapas. Las hostilidades recién terminaron en el año 785, cuando Carlos I venció definitivamente a los sajones y los obligó a adoptar la religión cristiana (Tenía 43 años).

El rey de los Francos impuso entonces a los vencidos una ocupación permanente, utilizando un gran despotismo y generando mucho terror. Algunos párrafos del documento de esa época, “Capitulatio de Partibus Saxoniae”, confirman la crueldad de dicha ocupación. Se castigaba con la muerte a todo aquel que violara la Cuaresma comiendo carne, al que se rehusara a ser bautizado y, entre otras penas por pecados no religiosos, se ejecutaba a quienes eran acusados de infidelidad al Rey, por fútiles motivos.

Carlos I no se limitó a someter a los sajones: derrotó, sobre el Danubio, a los Avaros, venció a los Eslavos, a los Daneses y a continuación dominó a los Bávaros. Declaró también la guerra a los árabes en España (año 779). Su principal objetivo era engrandecer su reino, cristianizar a los vencidos y hacer cumplir a todos sus primitivas y duras leyes.

Mientras tanto, en Italia, después de la caída de Desiderio y la coronación de Carlos I, surgieron distintos problemas. La dominación de los Francos fue, por largo tiempo, obstaculizada por continuas rebeliones de los duques itálicos (herederos de los Longobardos), a los cuales el Rey Franco tuvo que sustituir con sus propios duques, condes y marqueses. Grandes dificultades le acarreó también el duque de Benevento, obligándolo a descender varias veces a Italia para combatirlo.

Además, en Roma, un partido formado por familias nobles, había expulsado al Papa León III (con el cual había pactado la cristianización de los pueblos vencidos), porque éste, en un acto de subordinación manifiesta, había obsequiado a Carlos I la llave de San Pedro y la bandera de Roma. El pueblo juzgó como inadmisible esta actitud y, por eso, el Papa se vio obligado a encerrarse primero en un monasterio y, sucesivamente, encontró refugió en la ciudad de Spoleto bajo la protección del duque Guinigildo. Finalmente tuvo que llegar hasta la misma Sajonia, amparado por el propio Rey Carlos I quien, en el año 799, regresó nuevamente a Italia para volverlo a entronizar en San Pedro.

Hay que recordar esa época porque, en ella, se produjo un gran cambio en el Rey Franco. En ese entonces tenía 57 años, y toda su vida fue una continua batalla, guerras y más guerras, con éxitos pero con escasa organización. Nunca tuvo un lugar fijo de residencia y sus victorias fueron logradas por sus fieles soldados porque él mismo vivía con ellos; la voluntad y la personalidad del jefe fue siempre subyugante y el valor que su ejército demostró en todo momento fue el resultado de la feroz determinación de vencer, finalidad que lograba con toda la violencia necesaria. Alentaba su ejército tal como lo hizo, ocho siglos antes, Julio César.
En el pasado, nunca fue un estudioso, hasta repudió a su esposa lombarda porque sentía fastidio por su cultura más refinada. De joven, amaba las largas y solitarias recorridas a caballos por sus bosques natales, soñando siempre un futuro de grandeza, la que ahora estaba en condiciones de alcanzar, pero solo si perfeccionaba sus objetivos y su accionar.

Estando en Roma, se daba perfecta cuenta de ello: lo que veía lo deslumbraba; todo pertenecía a un mundo que había desconocido hasta entonces: observaba los magníficos monumentos, las grandes construcciones, las calles empedradas, el foro, los vestigios de lo que fue una eficiente organización que dominó a todo el mundo conocido hasta entonces y comprendió que difícilmente podría gobernar las tierras que había ganado con bárbaro esfuerzo sin una estructura como la que veía, que le permitiese hacerlo: debía modificar su accionar. Y allí surgió la brillante idea: la de lograr una restauración de ese gran Imperio perdido, cuyos restos estaban bajo sus pies.
Por otra parte, él era virtualmente Emperador en su reino, pero faltaba la consolidación formal y necesaria para identificarse como un César, tal como lo hacían los Romanos. También eran necesarias una serie de leyes y normas para que su Imperio se mantuviese organizado y prosperase.

Cuando el Papa regresó con él a Roma, Carlos I comenzó a delinear con León III el proyecto de reconstruir el Imperio Romano de Occidente, que había desaparecido oficialmente tres siglos antes. Evidentemente, tanto él como el Papa y la curia Romana, ambicionaban la creación de un Imperio católico, que estuviese formado por todos los pueblos conquistados por los Francos. De esta manera, se decidió crear el "Sacro Romano Imperio", que fue oficializado el día de Navidad del año 800, cuando el mismo Papa León III coronó a Carlos I como Emperador. Hasta su nombre cambió: ahora era Carlos Magno (el grande, el sumo).

Nadie merecía más, según el juicio papal, la corona imperial que Carlos Magno. Conquistador de diversos pueblos, los había obligado a convertirse al catolicismo y además había combatido y alejado la influencia de los árabes, enemigos de la fe. Sus dominios abarcaban una gran extensión territorial y su influencia traspasaba los confines de sus estados. El Imperio restaurado era menos extenso hacia el Occidente, con respecto al antiguo Imperio Romano, pero era mayor hacia el Oriente.

ASÍ NACIÓ EL MEDIOEVO

Comenzaron también las nuevas normas, las cuales lograron introducir grandes cambios sociales en toda la Europa de entonces. El más importante fue, seguramente, la introducción del Feudalismo como sistema organizado de gobierno. Toda la sociedad fue dominada, desde entonces, por una amplia aristocracia, que poseía las tierras y las administraba con los poderes concedidos por el propio Emperador. Posteriormente, esta estructura piramidal se extendió y dominó Europa durante todo el resto del periodo Carolingio y muchos siglos más allá del mismo.

Los pueblos involucrados aceptaron estos grandes cambios casi sin resistencia, ésta no era posible, y por otra parte la gente necesitaba un orden establecido para poder desarrollar su vida. Mejor era tener leyes duras que ninguna ley. Pero, y además, todos tuvieron que aceptar el firme accionar de la Iglesia, cada vez con más presencia en todas las regiones, sea por libre elección o por fuerte imposición del propio Emperador.

La organización del Imperio se fundaba en el incremento de
nobles en todo el territorio, se nombraron nuevos duques, marqueses y condes, que se encargaron a su vez de administrar las distintas provincias del Imperio, que desde entonces se llamaron Ducados, Marquesados y Condados. De ellos, dependían numerosos vasallos, todos con títulos nobiliarios de menor jerarquía, quienes administraban a su vez cada una de las localidades que les habían sido asignadas, respetando los derechos de sus señores. También se formaron subdominios, utilizando los mismos principios, hasta abarcar los más pequeños villorrios del Imperio, con todas sus parroquias. La totalidad de los territorios estaba entonces completamente controlada. Nada podía suceder sin que fuera inmediatamente conocido y solucionado.

En primavera y en otoño, estaciones que coincidían con la partida o el regreso de las expediciones militares, Carlos Magno inauguraba las Asambleas Nacionales (campos de mayo y de otoño) durante las cuales publicaba sus leyes y edictos, llamados “Capitolari”. A estas Asambleas eran invitados los principales nobles del Imperio, es decir, aquellos que ejercían los poderes otorgados por el Emperador.

Carlos Magno reinó siempre muy duramente, pero con gran sabiduría. Supo conducir la organización feudal que había creado con equidad, castigando severamente los abusos y premiando la fidelidad y el buen desempeño de los cargos asignados por él. Desde que se creó oficialmente el Imperio, favoreció todo aporte cultural en las vastas áreas de sus dominios; fundó numerosas ciudades, entre las cuales figura Aquisgrana ubicada en una zona de colinas boscosas regadas por un Río afluente del Wurm. Esta localidad fue siempre muy querida por Carlos Magno porque de joven solía recorrerla a caballo, aprovechando también sus fuentes termales. El Emperador eligió luego esta Ciudad para establecer la sede formal para su corte. También construyó un palacio imperial con una amplia capilla, con la idea de ser sepultado en ella cuando falleciese; sin embargo nunca lo dejó por escrito, nunca hubo un testamento. A pesar de ello, su salma fue sepultada en ese lugar. Además construyó una gran Catedral donde, años más tarde, fueron llevados sur restos.

Como comentario, cabe recordar que luego, en el año 936, Otón I (el Grande) fue el primer Emperador coronado en esa misma Catedral y que, desde entonces y hasta Fernando I de Habsburgo, en el año 1531, fueron coronados allí bien 37 Emperadores del “Sacro Romano Imperio” como “Reyes Germánicos”. En el 1002, fue sepultado allI también Otón III.
En tiempos actuales la Catedral de Aquisgrana fue declarada, en el año 1978, patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Carlos Magno murió al amanecer del día 28 de enero del año 814, después de casi un año de enfermedad, durante la cual tuvo altas fiebres que le impidieron ocuparse personalmente de su reinado. No obstante ello, el Imperio no sufrió: la simple imagen del Emperador, con su prestigio, atenuaba cualquier problema en los dominios.

Los inconvenientes se presentaron, en cambio, con su deceso. La eventualidad de la muerte parece que nunca fue tomada en consideración por Carlos Magno. En efecto, no dejó las instrucciones necesarias para el traspaso ordenado de los poderes a su sucesor, ni tampoco dejó indicaciones sobre temas personales como, por ejemplo, sus exequias.
La sucesión del Imperio correspondió a su tercer hijo Luis (único todavía con vida) llamado Ludovico el Pío (778-840). Sin embargo, el nuevo Emperador (asumió en el año 817) no poseía la personalidad de su padre. Era culto y religioso, pero le faltaban las condiciones necesarias para resolver con firmeza los numerosos problemas que surgían continuamente en sus amplios dominios. Así comenzó el lento atardecer de ese gran Imperio, que hizo también preveer el fin de una época realmente extraordinaria.

Como otra conclusión, puede decirse que, en este periodo, se atenuó el paganismo en casi toda Europa Occidental, dando lugar a una gran expansión del cristianismo, el cual dejó, a partir de entonces, profundísimas huellas en la historia.

Adolfo Ruspini